jueves, 10 de mayo de 2012

¿Qué Iglesia queremos?


Enrique Moreno Laval ss.cc.

Cada cierto tiempo, vale la pena preguntarse por nuestra Iglesia. Por esta Iglesia que amamos y por cómo la queremos ver. Miramos la experiencia de la primera iglesia y nos conmueve esa fraternidad compartida en igualdad de condiciones, donde el servicio parecía ser un distintivo importante. Ponerlo todo en común, de tal manera que ningún miembro de la comunidad se sintiera excluido del bien común, nos sigue mostrando hacia dónde deberíamos caminar como humanidad, aunque sintamos que el ideal esté todavía muy lejos de llegar a ser realidad. Incluso más, quizás no lo alcancemos nunca ese ideal, pero esto no nos exime del deber de ir esforzándonos cada día por aproximarnos más y más a esa propuesta.


Nuestra  misma Iglesia conoció también, tempranamente, las dificultades de vivir en una efectiva comunión y participación. Hubo cristianos que simularon compartirlo todo y fueron sorprendidos en su mezquindad. Hubo divisiones en algunas comunidades a causa de pretendidos liderazgos que, en la práctica, no consideraban a Jesús como su único señor y maestro. Hubo competencias acerca de la importancia de determinados carismas, dejando entre paréntesis el carisma mayor, el del amor. Hubo exceso de apariencias y búsqueda de poderes y honores, olvidando que el único afán cristiano consiste en servir sin condiciones ni reservas. Hubo escándalos porque se celebraba la cena del Señor y a la vez se excluía a los pobres. Todo esto está certificado en los libros del Nuevo Testamento.


¿Acaso no se repite algo de todo esto a lo largo de toda la historia de nuestra querida Iglesia? ¿Acaso no se reproducen estos rasgos en nuestra propia Iglesia de hoy? Si de verdad abrimos los ojos y el corazón, lo reconoceremos con humildad y con un profundo deseo de conversión. ¿Qué hacer entonces? Habrá que repetirlo una y otra vez: volver a Jesús. Él es la vid verdadera y no nosotros. Somos tan solo sus sarmientos que separados de él no podemos hacer nada. Tan cierto es esto que cada vez que hemos estado separados de Jesús nuestras vidas personales y nuestra vida de Iglesia han entrado en sucesivas crisis que nos han llevado hasta topar fondo.


Pero tenemos intacta la esperanza. ¡Siempre es tiempo! –como decía nuestro querido padre Esteban: “Es tiempo de escuchar a Cristo, simplemente. ¡Es tiempo! Es tiempo de vivir, tiempo de Dios. ¡Siempre es tiempo!” Tiempo de volver a Jesús.

Enrique Moreno Laval ss.cc.

lunes, 30 de abril de 2012

Caras vemos, corazones no vemos

Alberto Toutin ss.cc.

En la entrevista realizada a Mons. Jorge Medina por el periodista Rodrigo Barría de la revista Caras, aparecida en la misa en la edición del día 27 de abril, Mons. es consultado sobre algunos temas de actualidad, en particular sobre la homosexualidad. A la pregunta si Mons. ha atendido espiritualmente a algún homosexual, responde: “Sí, y más de una vez. He tratado de ser acogedor y amable, pero sin disimular la verdad, como lo inculcan los documentos oficiales de la Iglesia en la materia. Es gente que sufre mucho. Digan lo que digan, ellos sienten que su situación no es normal. Hay que ayudarlos a sobrellevar ese peso, que yo lo compararía, por ejemplo, con un niño que nace sin un brazo. Es una desgracia y hay que asistir a ese niño para que su limitación no le impida llevar una vida lo más común posible.”

Algunos aspectos de esta respuesta me han suscitado algunas reflexiones que no tienen otra intención que contribuir a un diálogo al interior de nuestra Iglesia y de la sociedad sobre un tema tan sensible como es la realidad de los homosexuales. 

En primer lugar, valoro que en el trato con las personas de esta condición que ha acompañado espiritualmente mons. Medina haya procurado ser acogedor y amable, así como sensible a lo que ha percibido en ellas como expresión de  su sufrimiento. Si bien en esta acogida no ha disimulado la verdad expresada en los documentos oficiales de la Iglesia, existe una verdad que es previa y más englobante que lo que señalan estos documentos sobre la homosexualidad y dice relación con la dignidad de la persona como tal y desde la perspectiva fundamental  dada por la fe recibida y compartida en la Iglesia católica, con la vocación a ser hijo, hija de Dios, hermanos, hermanas en Jesús. Esta verdad fundante constituye el núcleo antecedente respecto de lo que cada persona podrá decidir y devenir a lo largo de su historia. A la luz de este horizonte, es tan sugerente en los textos de los Evangelios, la práctica de Jesús para con las personas que le traen o que vienen a su encuentro. Su empatía, incluso su compasión, le hace ofrecer a diferentes tipos de personas una calidad de acogida en lo que son y desde dónde están. Una compasión que se traduce en una acogida y una atención incondicionales a las personas en las que Jesús ve precisamente lo que no es aparente, lo que está en el corazón, es decir, la fe, el fondo de bondad, el saberse perdonado ya por Dios, y desde allí las encamina a nuevos caminos, que por cierto, no es disimulando la verdad de que él ha venido por ellos, y que incluso, está dispuesto a dar la vida a favor de la multitud –ésa que tan a menudo lo siguió y rodeó. Es precisamente la compasión la que mueve a Jesús a acercarse, con lucidez y delicadeza, a los que precisamente su dolor, su hambre, o incluso su pecado, los tiene encerrados en sí mismo e indispuestos para que desde allí se abran al ofrecimiento de un Reino cuyo secreto es el amor de Dios Padre, al modo del Padre misericordioso de la parábola que antepone la verdad de su paternidad atenta y expectante y por ende de la filiación/fraternidad entre sus hijos y hermanos entre sí que la verdad de la ley y de cumplimiento o incluso de la condenación.

En segundo lugar, lamento que la forma de referirse a las personas de condición homosexual se las asimile a una “desgracia”, comparable “al nacimiento de un niño sin un brazo”, una “limitación” que dificultaría el llevar una vida lo más común posible. En la experiencia de acompañamiento de personas de esta condición, me han comentado que desde el despertar a la sexualidad descubren como lo normal para ellos su inclinación hacia las personas del mismo sexo. Lo más doloroso es empero su dificultad a que esta toma de conciencia progresiva pueda ser, en muchos casos, siquiera tematizado, por de pronto en el seno de un espacio de presunta incondicionalidad, como es en la realidad familiar, o compartida entre amigos más cercanos, todo ello para no hablar en el ambiente de trabajo o incluso en la Iglesia. Lo que esas personas experimentan como desgracia es además la cantidad de barreras defensivas y discriminadoras que existen en nuestro lenguaje, en nuestros comportamientos, en el humor las más de las veces cínico, que no les permiten decir lo que están sintiendo, sus anhelos y sueños, vividos desde esta sensibilidad, que por cierto es algo mucho más hondo que su “tendencia” y/o actos  homosexuales, pues residen en ese núcleo personal y englobante que es el corazón humano.

Por último, en el contexto de la actual crisis de credibilidad que experimentamos como Iglesia, con la consiguiente  dificultad para poder contribuir a los grandes temas de nuestra sociedad –entre otros,   la educación, la regionalización, la distribución de la riqueza, el aborto terapéutico y por cierto las discriminaciones de las personas por su condición sexual, socioeconómico o étnica, etc.– el tono con que Mons. Medina  se refiere a los homosexuales no ayuda ni a superar esta crisis ni menos a hacer brillar la verdad de la que somos portadores y servidores. En este contexto se hace necesario más bien  que nuestras opiniones sean expresadas, con claridad, sin disimular la verdad desde donde nos situamos para que nuestra posición brille por la fuerza de la argumentación, por riqueza de su humanismo evangélico, y al mismo tiempo, con delicadeza para con nuestros interlocutores, acogiendo su experiencia de vida, haciendo un esfuerzo paciente, atento y sereno por comprender la verdad que se encuentra en su punto de vista. Descuidar estas exigencias crispa las posiciones e indispone a una franca búsqueda de la verdad –búsqueda tan querida y tan urgente para quienes profesamos la fe en Jesús que se propone como la Vida, la Verdad y el Camino. A su escuela procuremos con nuestra inteligencia y sentido pastoral, que la verdad de humanidad plena que brilla en su persona Resucitada transite por caminos de escucha y diálogo y nos dispongan a cuidar y a promover la vida donde ésta se vea amenazada, empequeñecida o humillada. De este modo, la Iglesia que amamos, en su rica diversidad, podrá hacerse audible y creíble, en una sociedad también ella plural, contribuyendo como una voz entre otras a los urgentes debates que animan a nuestro país.

Alberto Toutin ss.cc.

miércoles, 28 de marzo de 2012

La responsabilidad de la “generación de los 70” y la crisis de la Iglesia Liberadora

Pedro Pablo Achondo ss.cc.

Esta afirmación lúcida de Libanio me da pie para dar cuenta de un vacío generacional y sus inmensas (y perjudiciales) consecuencias.

No es díficil constatar una brecha generacional entre aquellos que no solo soñaron con el otro mundo posible, sino que también trabajaron –hasta dar la vida– en su construcción; y aquellos jóvenes –y no tanto– que en nuestros días piensan, debaten, discuten, escriben, salen a las calles, son generadores de opinión en las redes sociales, lideran marchas, participan en foros mundiales y viven la vida cotidiana con la sensación de que ahora sí es posible –no sin desencanto y enfado.

Esta brecha es cultural. Social. General. Institucional. Política y ética. Aquí solo queremos, sencillamente, esbozar lo que desde nuestro parecer ocurrió y ocurre en nuestra Iglesia.

Ni Romero, ni Helder Camara; por nombrar dos personajes importantes de nuestra historia eclesial (y no eclesial) latinoamericana; fueron nombrados en las catequesis de primera comunión. Menos aún en la confirmación. Para qué decir de las clases de religión impartidas en establecimientos llamados católicos. ¿Por qué no? La respuesta es simple y lógica. Hubo una intención en esto. La trasmisión de cierta tradición es siempre intencionada. No hubo interés en hablar de Woodward o conocer al Jesús Liberador en los textos de Sobrino o Comblin. No hubo interés en estudiar el movimiento humanizador que Cardenal promovió en Nicaragua. Parte de la Iglesia simplemente lo omitió. A otra parte no le interesó. Y, no pocos se quedaron con caricaturas, fotografías y anécdotas de lo que fue una verdadera revolución. Revolución acompañada de un Concilio revolucionario, que se llevó a cabo hace tan solo 50 años.

Pero hubo una parte de la Iglesia a la cual sí le interesó. Encontró –porque lo vivió– aquí una fuente tan rica de Evangelio que comprometió su vida, su tiempo y su sangre en anunciar y proclamar la perla en medio del desierto. Surgieron, inspirados por buscadores y soñadores europeos, africanos, asiáticos; movimientos sociales, religiosos y religiosas comprometidos con el mundo obrero –¡por amor a Jesús y su vida nazarena!– brotaron comunidades pequeñas, fraternas, pobres y orantes. Surgían misioneros audaces, cristianos valientes, convencidos. Bullía un cristianismo de base, que caminaba en medio del pueblo, que no temía levantar su tienda en favelas, villas, poblaciones; entre indígenas, pobladores, mujeres explotadas y niños que vivían en las calles.

¿Dónde quedó todo esto? Algunos creen que nada de esto sigue en pie, mientras se continúa estudiando y pensando la fe desde el barro de los últimos del planeta. Algunos piensan que esto ya pasó o no dice nada a nuestro mundo, mientras aumenta el número de jóvenes sedientos de una Iglesia comprometida, profunda, sencilla y cercana. Algunos jamás escucharon hablar de esta tradición. Otros son expertos en Teología de la Liberación y siguen de cerca las palabras del primer Boff, de Ronaldo Muñoz, la agudez de Segundo, las denuncias proféticas del grupo de los 80. No pocos siguen encontrando en el universo eclesial-espiritual-teológico-social-cultural latinoamericano la fuente más rica para respirar el Evangelio de Jesús.

No obstante estos pocos –y no tan pocos– hay una responsabilidad que asumir. De parte de dos interlocutores. De forma sencilla, diremos el viejo y el joven. El viejo que luchó, construyó y soñó; y el joven que está descubriendo, bebiendo, deslumbrándose. He ahí la brecha. ¿Qué fue de la generación “transmisora”? ¿De aquellos que sin ser viejos, ni jóvenes conocieron, vieron, oyeron, leyeron y fueron participes de todo esto? Como dijimos hace un momento las razones son varias y hoy en día claras: política eclesial, miedo a “lo que olía a marxismo”, violencia contra, desencanto, frustración de un proyecto social acallado, e irrupcción de una sociedad hedonista, narcisista, individualista basada en el capital, el consumo y la mercantilización de la vida. Todo esto permeó a la Iglesia.

La responsabilidad hoy, entonces, se levanta como un desafío. Como una bandera esperanzadora. Los viejos deben asumir su responsabilidad: la tradición de la que hablamos no fue transmitida con la fuerza necesaria –porque la tradición jamás desapareció y sigue viva en minorías. Las consecuencias de esta falta (brecha) son evidentes. Los jóvenes deben asumir su responsabilidad: del deslumbramiento al fortalecimiento de la tradición. Las generaciones jóvenes, antes de que sea tarde, tienen la posibilidad (tarea) de asumir la sabiduría, historia, experiencia, vivencia, y sobretodo la palabra (buena noticia) de la generación mayor. Son otros tiempos, es claro, y aquella tradición tendrá que ser Palabra Viva que responda, acompañe y preñe de esperanza cristiana el mundo de hoy.

Desde siempre la Iglesia vivió y sobrevivió por tradiciones que fueron transmitidas; “yo recibí del Señor lo que les transmití” –dice San Pablo (1Cor 11, 23). Esta tradición que vive, busca y sigue luchando a la par de los olvidados, de los desconectados y marginados; merece y clama por ser transmitida, compartida y celebrada juntos en las pequeñas comunidades portadoras de la fe en el buen Jesús. Que el Dios Trino, verdadero transmisor de la Luz, nos guíe y acompañe en esta misión.

Pedro Pablo Achondo ss.cc.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

CARTA A MIS HERMANOS CATÓLICOS

Pablo Fontaine sscc

Queridos hermanos:

Les escribo sobre la situación de nuestra Iglesia en este momento de nuestro país, compartiendo con ustedes el mismo dolor y el mismo amor por esta Casa en que nacimos a la Vida de Dios, en que aprendimos a rezar, a amar y a conocer a Jesús. Nos acompañan en el asombro muchos amigos no católicos, y también otros menos amistosos que no ocultan su rabia acumulada ni su ironía.

El descenso de credibilidad de la Iglesia y su pérdida de prestigio no provienen de una persecución mal intencionada. Si así fuera, podríamos vanagloriarnos de ser perseguidos por la causa de Jesús. Pero no es así. La misma Iglesia Católica que ayer era valorada por su firmeza frente a la dictadura y su servicio a las víctimas, en un breve tiempo se ha hecho harto menos creíble y hasta despierta animosidad en muchas personas.

¿Qué nos ha pasado? ¿Es por los escándalos protagonizados por sacerdotes?

En buena parte sí. Tales hechos han hecho crecer la desconfianza. A veces, más de la cuenta, especialmente en sectores que habían endiosado al ministro de la Iglesia, poniendo su confianza más en el hombre, pobre instrumento, que en Dios.

No soy capaz de entrar en todas las causas de esta situación. Pero me interesa expresar ante ustedes, lo que más me impacta y dónde se encuentran para mí los focos de esperanza para el futuro del mensaje cristiano.

Dicho brevemente y sin muchos matices:

- Ciertamente entran en desmedro de la Iglesia esos abusos protagonizados por sacerdotes o religiosos. Pero también una impresión general de que se ha hecho lo posible por ocultarlos o por dilatar su sanción. Ha predominado una sensación de poca transparencia. Lo que es explicable aunque haya sido con la buena voluntad de no dañar a las personas ni el mismo anuncio de Jesús. Pero de hecho el secretismo ha aumentado el escándalo.

- También cuenta en el menor aprecio por la Iglesia, un cansancio generalizado con su autoritarismo y centralismo. Hay razones que avalan la necesidad de cuidar su unidad y disciplina, pero nuestra cultura actual exige más flexibilidad, participación, escucha, libertad de opinión, y reacciona con fuerza ante lo que es impuesto desde arriba.

- A veces la Iglesia ofrece públicamente su aporte a la sociedad en una forma que deja la impresión de pretender ser maestra de todos, como exigiendo sumisión de la sociedad entera sin dar argumentos para ello, acentuando así la impresión de ser “dogmática” en el peor sentido de la palabra.

- Molesta la gran diferencia entre Jesús y la Iglesia cuando se considera el ejemplo de pobreza y humildad del primero y la apariencia de riqueza y poder de la segunda. El Papa puede vivir con sencillez, pero si se muestra ante el mundo como un monarca con una corte de lujo, la gente hablará despectivamente del “oro del Vaticano”.

Por éstos y por otros motivos, nos duele esa Iglesia que amamos y de la que hemos recibido el mensaje liberador de Jesús y el testimonio admirable de tantos hermanos que iluminaron nuestras vidas con sus ejemplos. Ante lo cual podemos caer en una angustia que nos lleve a crisparnos, ponernos rígidos con nuestros hermanos o encerrarnos en un ghetto que nos aleje de este mundo para preservar la fe y la moral. O podemos luchar tensamente para recuperar lo perdido y procurar tener influencia de cualquier modo. No sería fecundo y sería perturbador.

¿Cómo miro el futuro de la Iglesia? Con humildad les digo que es con la esperanza de que el Señor no la abandone, que esta crisis sea una gran purificación que nos haga caer en la cuenta de nuestras fallas, nos instruya sobre lo que Jesús espera de nosotros, nos limpie la mirada y el corazón y nos llame a una conversión más profunda.

Queridos amigos: ¿Por qué no mirar desde ahora el futuro de la Iglesia como una realidad más modesta pero encendida por el Espíritu? La imagino pequeña, fervorosa, formada por personas libres, sin fetichismos, sin miedos, alegres, felices de estar tratando de seguir al Señor.

Podemos pensarla y prepararla muy fraterna, con verdadero respeto y cariño de unos por otros. Como una comunidad de iguales en que la autoridad muestra tangiblemente esta igualdad, en su tono, su vestimenta, su modo de proponer, escuchar y mandar.

Quisiéramos ver en ella un verdadero protagonismo laical en que los cristianos, sacerdotes, religiosos(as) y laicos(as) ricos y pobres, trabajaran juntos por igual, para mejorar su formación, especialmente leyendo la Escritura, en la oración compartida o silenciosa. O llevando las responsabilidades de la comunidad con parecida participación. También una pastoral que contara con muchas pequeñas comunidades, siempre centradas en la Biblia, comunidades fraternas, en que el pobre y la mujer tuvieran un lugar relevante.

Una Iglesia preocupada de verdad por lo que le pasa al hombre realmente, por la vida de las familias, por el trabajo, la economía, la creación artística, la situación de los más pobres…

Sobre todo con una Pastoral centrada en Jesús con una mística de encuentro personal con él y con un mensaje de liberación para todos marginados, empobrecidos, explotados y despreciados. Una pastoral que descubra cada día con gozo y asombro la Presencia de Dios y su Don, junto con el llamado a una entrega más entera de todos. Que recuerde el carácter subversivo de la Iglesia, como el de María: “Derribó de sus tronos a los poderosos y engrandeció a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada” (Lucas 1, 52-53).

Para una conversión eclesial de tal hondura necesitábamos un movimiento telúrico de la magnitud de éste que estamos sufriendo. En tal caso bienvenida crisis.

Si no soñamos algo así, querrá decir que ha dejado de correr por nuestras venas esa alegría contagiosa de San Pablo y de todo el Nuevo Testamento.

Unido con todos ustedes en la Esperanza, los saluda cordialmente

Pablo Fontaine ss.cc.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Movimientos Sociales, memoria ciudadana de un mundo en camino

Por Pedro Pablo Achondo M. ss.cc.

Hablar de Movimientos Sociales (MS) es hablar de algo mucho más amplio que el movimiento estudiantil chileno; es aún una cuestión mucho más antigua y ambiciosa. Los MS buscan profundizar los procesos de democratización, inter-relacionar (y esto es importantísimo) las diversas organizaciones barriales, populares y sociales. Un MS es un articulador de las demandas y urgencias de los ciudadanos. Pero ¿acaso no es este papel del Estado? Justamente, por eso los MS surgen cuando el Estado y en concreto el Gobierno de turno no posee la capacidad (o simplemente no quiere) de acoger, escuchar y buscar soluciones a los problemas de la gente.

Así, el MS surge como resistencia, y por ello como dador de identidad ciudadana; como demanda que camina a transformarse en propuesta. MS los hay para todos, el MST (de los sin tierra), PMSS (Mercosur social y solidario), organismos de DDHH, ONGs, CLOC-VC (Vía campesina de la Coordinadora latinoamericana de organización del campo), etcétera. Chile está lejos del camino andado por nuestros países hermanos de América Latina. Se escucha poco y por eso el Movimiento Estudiantil y su ampliación son una esperanza y alegría para muchos. La tendencia es clara a criminalizar los MS, eso ha pasado siempre y seguirá sucediendo, ya que una organización ciudadana con poder es una piedra en el zapato para los poderosos y su economía que controla la vida del país (cf. link).

La economía globalizante y uniformizante calla cualquier alternativa local; censurando y castrando las posibilidades de verdadera pluralidad en la producción, comercialización, exportación y cultura.

Los cristianos al creer y amar al Dios-humano Jesús aceptamos que Dios se revela realmente en la historia y que todo lo humano, como consecuencia, tiene que ver con Dios, todo nos habla de Dios (o de su ausencia). Por ello los MS son también voz del Espíritu que busca nuevos caminos de humanización y vida buena. Más aún si los MS son voz de los más pobres y marginados de nuestras urbes y países. Surgen –los MS– como lugar teológico para pensar nuestra fe, desde allí.

La demanda de los MS es grande y utópica y por ello nos mueve a creer en este otro mundo posible (Forum Mundial Social), cuestionando territorios, fronteras, economías, organizaciones, políticas, instituciones, constituciones. Cada ciudadano es protagonista del futuro común y puede serlo más aún vehiculando sus (y nuestras) necesidades y urgencias a través de los MS. Para la Iglesia surge aquí un desafío, cuestionada también por tantos seguidores de Jesús que militan y luchan en los MS: democratizar sus estructuras, caminar en igualdad y tomar en serio aquello del Sensus Fidelium y Fidei y el Espíritu que se manifiesta en todo Bautizado. Sin embargo, sabemos también que la democracia nos queda corta y que la utopía del Reino apunta a la construcción de una “adelfocracia”, un Pueblo de Hermanos y Hermanas de manos dadas y corazón dispuesto.

Los MS nos recuerdan que vivimos en sociedades segregadoras, excluyentes, productoras de pobres cada vez más pobres y de ricos adiestrados a la indiferencia. ¿Cómo alguien puede vivir tranquilo sabiendo que lo que le sobra, en dinero, bienes y oportunidades, le pertenece a otro? Nuestros tiempos –¡con pesar de algunos!– no están para acumular en cuentas bancarias. Que alguien bote la comida mientras a otro le falte el pan para vivir, es un pecado. Extrapole usted mismo esto para todos los ámbitos de su vida.

miércoles, 5 de octubre de 2011

LA ALEGRÍA DE SER CATÓLICO

Por Sergio Silva G. sscc

Un grupo de jóvenes propuso celebrar un encuentro masivo en la Plaza Italia el próximo sábado 15 de octubre, para manifestar públicamente la alegría de ser católico. Me parece interesante que el origen de la propuesta no sea clerical; podría ser un síntoma de que hay laicos que se van tomando en serio su fe y su papel dentro de la Iglesia. Y es hermoso que el tema sea la alegría de la fe, un aspecto que en el Nuevo Testamento tiene mucha fuerza, pero que –por diversas razones- ha tendido a desparecer del cristianismo vivido y proclamado en los últimos siglos.

Sin embargo, como toda acción humana, esta propuesta tiene inevitablemente algo de ambigüedad. Creo que es bueno tenerla presente, para poder asumirla con lucidez, si uno decide ir a este encuentro. Las fuentes de ambigüedad son diversas.

En primer lugar, el contexto de la Iglesia. Hemos estado viviendo momentos de gran cuestionamiento público, provocados fundamentalmente por conductas aberrantes de clérigos. En Chile, el nombre de Karadima es emblemático. Este encuentro puede ser visto como una especie de reafirmación pública, que no se hace cargo del problema; como una especie de “¿Y qué?”

Luego está el contexto social, marcado por la rebelión de los estudiantes, que se manifiesta en marchas y concentraciones públicas, algunas de ellas del mismo estilo de la que se propone. De nuevo, ¿hay aquí un desconocimiento voluntario del problema estudiantil? A esto se añade que casi siempre los grupos de encapuchados aprovechan estas marchas y concentraciones para hacer de las suyas, siendo muy difícil controlarlos. ¿Cómo se hará en este caso, si ellos intentan hacer su juego? ¿Se usará la violencia?

Es más, estas manifestaciones estudiantiles quieren ser una demostración de fuerza, quieren hacerle ver al Gobierno el poder que hay en las demandas; incluso quieren imponerle su agenda y sus objetivos. ¿Cómo harán los organizadores para que no se vea en este Encuentro el deseo de manifestar el poder del catolicismo en nuestra sociedad?

Y se da precisamente en un momento –que no era previsible cuando se propuso la idea- en que varias Iglesias, incluida la católica, entran en una lucha frontal contra dos iniciativas legales del Gobierno, referidas a la sexualidad (Acuerdo de Vida en Pareja) y a la vida (Aborto terapéutico).
¿Permiten estas circunstancias y este contexto expresar de esta manera la alegría de la fe? ¿Es una expresión adecuada? ¿O se corre un riesgo muy serio de deformarla ante la opinión pública?

Pienso, por último, que la ambigüedad de fondo se sitúa en la manera de entender la presencia de la Iglesia en el mundo de hoy y su servicio a él. Porque seguimos con resabios del viejo régimen de cristiandad, en que Iglesia y sociedad eran lo mismo, de manera que el ámbito público de la sociedad era el de la Iglesia. Preferiría que las manifestaciones públicas de la alegría de ser católico fueran por la línea del servicio a las necesidades reales de la gente de hoy, inspirados en el servicio de Jesús a los enfermos, los hambrientos y los marginados de su tiempo. Más que por estas reafirmaciones públicas de nuestra fuerza institucional.

lunes, 15 de agosto de 2011

¿QUÉ PODEMOS HACER EN EDUCACIÓN?

Por Sergio Pérez de Arce sscc

Sin duda que es la hora del diálogo, para salir del atolladero en que está la educación. Y pareciera que el Congreso es un espacio privilegiado para dialogar y buscar acuerdos. Pero razón tienen los estudiantes para desconfiar de un diálogo que retarda respuestas y de un congreso que tan a menudo hace procesos larguísimos y alcanza avances solo regulares… Pero, bueno, hay que dialogar, ir más allá de los eslóganes y, con liderazgo del gobierno (¡que para eso está!), buscar caminos.

No olvidemos lo que está a la base del problema de la educación: la desigualdad social y el modelo de sociedad que hemos construido. Si es evidente que en Chile hay un problema de inequidad, ésta se expresa con fuerza en la calidad de la educación: todos o casi todos se educan, pero con muy desiguales calidades.

Un analista mostró en una charla los altos índices de segregación de la educación chilena, entre las más altas del mundo. Segregación académica: los alumnos separados según capacidad en establecimientos separados. Y segregación social: alumnos del mismo nivel socioeconómico agrupados en las mismas escuelas. Todo esto es un reflejo más de la alta segregación en nuestro país: barrios, comunas, trabajos… Nos mezclamos poco y hay sectores muy elitizados.

Un problema serio es el de la educación pública. Hay muy mala percepción de la educación municipal y los problemas que estamos viviendo no hacen sino aumentar el éxodo. En los últimos 15 años los matriculados en educación municipal han disminuido en más de 320.000 alumnos, mientras que la particular subvencionada ha aumentado en más de 750.000 alumnos.

¿Qué hacer? Es evidente que se requiere una nueva institucionalidad para regir la educación pública, lo que se ha llamado la desmunicipalización. ¡Es impresionante que llevemos tantos años con un diagnóstico de que la municipalización no es buena (al menos para la mayoría del país) y no se haya hecho todavía un cambio!

Pero el puro cambio estructural ni un mayor nivel de recursos económicos no son suficientes por sí solos. Las escuelas y liceos municipales necesitan proyectos educativos, gestión directiva eficaz y docentes competentes, de manera que los alumnos y la familia perciban que educarse allí tiene un sentido, aporta y conduce a algo bueno. En esto el Estado y el conjunto de la sociedad tienen que invertir energía.

¿Y el financiamiento compartido en las escuelas subvencionadas, que la Confech pide que se acabe? En muchos lados ha sido necesario, para tener más recursos para educar, pero ha tenido una consecuencia posiblemente no querida por quienes la han implementado: A más crecimiento del financiamiento compartido más crisis de la educación pública municipal. En los últimos 15-20 años, la gente que paga algo o mucho por educar a sus hijos ha subido del 11% al 43 %. Y ya sabemos que, en medio, no han faltado los que lucran a costa de profesores mal pagados y contratos intermitentes.

No sé si hay que acabar con el financiamiento compartido, podría poner en aprietos a muchas escuelas que hacen una buena labor. Pero algo hay que hacer, porque tenemos un sistema educativo que clasifica socialmente: “según a qué escuela asistas, eres clasificado”. Y para acceder a una educación aparentemente de más calidad, hay que terminar metiéndose la mano al bolsillo. Y los más pobres y una parte importante de la población no tienen esa plata.

¿Y la educación católica? Se hace una buena labor y la mayoría usa los recursos invirtiéndolos en la misma educación, no para lucrar. Pero el 30% más pobre de la población se educa: un 75 % en educación municipal, un 19 % en particular subvencionada no católica y sólo un 6 % en escuelas católicas. Hay algunos que han tomado opciones de abrir escuelas entre los más pobres y es un avance, pero la mayoría nos hemos quedado con los que son (entre comillas) un poco más capaces y tienen al menos alguna posibilidad de aporte económico. Sin olvidar nuestros colegios particulares caros, que en este cuadro no dejan de suscitarnos cuestionamientos.

Como Iglesia podemos hacer más en la educación entre los pobres y contribuir, por qué no, a un mejoramiento de la educación pública, aprovechando la experiencia e historia que tenemos. Me encantaría que el Estado hiciera participar más a la Iglesia y otros organismos en la gestión de la educación pública. Hay que vencer prejuicios y con la colaboración de muchos enfrentar los problemas.

Ofrezco estas reflexiones para nuestro debate. ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo salimos como país de este momento de empantanamiento?